
Por: Raúl Rivero.
Madrid -- Los propagandistas profesionales usan sin compasión y sin complejos todos los caminos para que sus venenos lleguen puros, poderosos y mortales a su destino. Lo saben muy bien los maquillistas del régimen cubano que, desde hace unas semanas, tratan de hacer ver como un proceso de cambios la romería de anuncios para primeras planas que conforman la esencia de un simple cambalache.
Han sabido deslizar en cálidas conversaciones bordadas de misterio el
adelanto de noticias exclusivas que, analizadas con serenidad, son las frases
de entrada a la crónica patética de la realidad que vive y padece la sociedad
cubana desde hace medio siglo.
Fuera del ámbito de esa isla secuestrada por la ambición de un grupo y por
el fracaso reconocido de un sistema, ¿en qué país del planeta Tierra puede
alcanzar la categoría de noticia el hecho de que los ciudadanos puedan dormir
en los hoteles levantados en su geografía?
Lo mismo pasa con el uso de los teléfonos celulares, los DVD, las ollas de
presión. Y, lo que es más ridículo, con la televisión. En Cuba se vendían a
plazos y al contado aparatos de varias marcas reconocidas cuando todavía ese
medio no se había instalado en muchas de las naciones que hoy se asombran con
los despachos de prensa en los se da cuenta que la jerarquía criolla tiene la
condescendencia de permitir a sus ciudadanos el esfuerzo de comprar un receptor
de TV.
Lo cierto es que ese pequeño carnaval de obviedades, esas legalizaciones
dejadas caer día tras día, han creado la ilusión, en algunos sectores, de que
la democracia está ahí mismo, al final del arco iris.
También es verdad que en otros grupos no ha entrado con facilidad ese
optimismo al que se le puede ver el cuño, el sello y las firmas autorizadas de
la burocracia. Desde la hermosa y entrañable ciudad de Santander, en Cantabria,
recibí hace unas horas este mensaje enviado por un grupo de amigos: ``¿Es
verdad que volverán a permitir en Cuba el sueño y la libre respiración?''
Sí. La propaganda hace su trabajo sucio y no descansa. No puede descansar
si tiene sobre sus columnas temblorosas la responsabilidad de reinventar todas
las mañanas un quicio para que se muevan y se acomoden los personajes que les
han entregado el país al marabú y a la mentira.
Hay que contrastar la información y darles espacios a otros mensajes que
tienen menos heraldos voluntarios. Esta semana he recibido notas de Dolia Leal
y de Alida Viso Bello donde no se ve por ninguna parte las palabras cambio, ni
esperanza. Angustia y preocupación en las líneas de sus párrafos breves y el
miedo a que sus esposos, Nelson Aguiar y Ricardo González, se mueran en
prisión.
Llamados de la familias de José Luís García Paneque y de Normando Hernández
y las noticias, silenciadas por los medios, de que hay un brote de tuberculosis
en la prisión de Ariza, en la zona de Cienfuegos y de que la policía amenazó a
las familias de tres músicos que pidieron asilo político en Brasil.
Hay muchos cómplices en ese brote de deslumbramiento porque el régimen se
ve obligado a devolver, a medias y en condiciones precarias, una parte de los
derechos que le arrancó a la fuerza a una población que había perdido ya sus mecanismos
de defensa.
Cambio no. Lo que se escenifica ahora en Cuba es un cambalache porque, según la Real Academia Española, esa palabra quiere decir trueque frecuentemente malicioso hecho con afán de ganancia.
Foto: Mendigo . Fotos de Francisco Aurelio Rodríguez Mora, director del Centro de Información Independiente José Lezama Lima.
Las fotos enviadas por Rodríguez, reflejan algunos momentos de la vida cotidiana de los habaneros y de la represión de la policía del régimen de Castro que padecen a diario.