
Por: Bernardo Fuentes Camblor.*
A los que en mi tierra, aún se ahogan en busca de
la esperanza.
Ahí está, con los dedos aplastados en las teclas de
una máquina de escribir gastada y vieja. Su cabeza humeante, pensando en cómo
decir las cosas para luego no sufrir la decepción de una censura.
Nadie lo advierte, pero se consume tras las hojas
amarillas que ha podido conseguir entre los amigos.
Se consume bajo la luz pestañante de una bombilla
que mece el viento. Su única luz, porque la de sus ojos se gasta ante la opaca
cinta de la máquina y el oscuro papel.
El mes pasado, no pudo publicar nada, todos sus
escritos fueron rechazados bajo un sinfín de pretextos; pero su fe en Dios lo
hace crecer y poco le importa que para hoy sólo tenga un pedazo de pan con un
vaso de agua con azúcar.
Escribe, escribe sin cesar. Con la esperanza de que
un día se levante y el sol brille más fuerte que nunca.
¿Cómo gritar al mundo su angustia? ¿Cómo decir que su pecho lo tiene oprimido y que en ocasiones se ahoga entre las palabras de sus manuscritos? ¿Cómo decir que es un disidente?
Ahí sigue como siempre, con las ideas agolpadas en la mente. Muchas ilusiones, infinidad de proyectos y el deseo perenne de ser útil.
De esta forma, olvida el tiempo, se enfrenta a los problemas y sobre todo, ama, porque el amor es de persona sensata y de noble corazón.
Alguna que otra vez, se rompe la niebla, alguien llega, no sabe con qué fin; pero lo recibe. Le tiende la mano, siempre abierta. No el puño cerrado que entrega aquel que engaña, traiciona y se aprovecha de las circunstancias para vivir mejor a costa de otros. La mano franca y firme, la mano amiga y sincera.
¿A quién le importa que sus ojos se los coma el tiempo en una hoja de papel amarilla? ¿A quién? Pues a ella. Ella que viene con una taza humeante de té verde, para que se desvelen con el último sorbo las ideas y siga la vida. Ella que extiende su mano suave y lo invita a cantar al mañana.
* Periodista independiente cubano. Cuba 05 de marzo de 2008
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