Viernes, 30 de marzo de 2007
Por: Dr. Guillermo Franco Salazar.

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Son casi las 12 de la noche. Empieza la vida para quienes tienen juventud; es un alivio para quienes ya vivimos bastante. El alivio del reposo, de la recuperaci?n de energ?as para afrontar las incidencias del d?a siguiente. Siento necesidad de acostarme, pero no lo intento. Algo me falta. Algo me impide el acceso a la cama. No es una barrera material. No es la voluntad ajena. Soy yo, que me siento incapaz de encontrar el reposo que tanto necesito. Lo que requiero es una voz suave, apenas perceptible, casi un susurro que diga: ?Yo tambi?n quiero acostarme?.

?De qui?n es esa voz que ordena sin ordenar, que me domina y conmueve sin un gesto imperativo?

Para m? no es un secreto; es ella, mi mujer de m?s de 40 a?os, la madre de mis hijos, mi enfermera, mi amiga, mi novia de siempre, mi compa?era en la vida, en los azares, muchos, y en las horas felices, no tantas, pero casi todas relacionadas con ella.

Por fin coincidimos en el prop?sito, nos acostaremos. Ya es tarde, me dice, como si en alguna ocasi?n fuera temprano para quien, como yo, rebasa los a?os de la esperanza y entr? hace tiempo en el ciclo de la conformidad. No es la proximidad del placer carnal, que ya no existe, o s?lo persiste en la idea impregnada de la convicci?n amarga de su imposibilidad, por lo menos en sus formas habituales. Es nada m?s que la perspectiva de estar juntos, muy juntos, tranquilos, convencidos de que nada nos separar?, que unidos afrontaremos cada d?a los desaf?os de la vida, los sinsabores connaturales a la cotidianidad.

Antes de levantar el cubrecama y ponernos nuestra ropa de dormir, ella tiene una ?ltima preocupaci?n y me formula una pregunta que, por escuchada, pudiera parecerme ritual y no lo es, ?deseas algo, quieres algo? Casi sistem?ticamente mi respuesta es la misma: ?No, no quiero nada, pero si t? quieres algo, te acompa?o?.

Finalmente, estoy acostado, pero ella sale de la habitaci?n a pedido de nuestra hija o de mi nieto. Me altero, no puedo poner la cabeza sobre la almohada. Ella debe regresar. Si demora comienzo a sentirme mal. Por fin entra de nuevo y se dispone a descansar, pero falta algo importante que yo no acierto a realizar sin su ayuda. Me gusta cubrir mi cuerpo hasta la cintura con una s?bana que no sea blanca porque ese color y el negro me asustan, me evocan ceremonias y h?bitos relacionados con la muerte y yo quiero vivir, vivir mucho, mientras no sea una carga para ella y mis hijos, ni para la sociedad, a la que me gusta servir, no servirme de ella. Ella sabe cu?les son mis colores predilectos. Toma la s?bana, la abre en un movimiento que se me antoja gracioso, la extiende y la deja caer suavemente sobre mi desgastada anatom?a.

S?lo entonces, ella se acuesta, a mi lado, estrechamente a mi lado. Creo que los hombres somos ni?os. S?lo que los ni?os son a veces malcriados, en tanto los hombres somos casi siempre ni?os groseros, ingratos, incapaces de reconocer lo que recibimos, primero de nuestras madres; despu?s de nuestras esposas, nuestras mujeres como habitualmente nos referimos a ellas, como si fueran un objeto m?s de nuestra propiedad.
Ya el ni?o de 78 a?os est? acostado y presto a dormir. Falta algo, siento que me falta algo y no puedo pensar en dormir hasta culminar ese ?ltimo acto: ella busca mi mano o yo la suya y entrelazamos nuestros dedos, como si tal ejercicio confirmara, por si hiciera falta, una determinaci?n, un deseo entra?able: juntos, como nuestros dedos, hasta la muerte, porque cuando muere un dedo tambi?n mueren los otros dedos y si falta uno de nosotros, tambi?n falta la vida en el otro.

?Habr? otra vida? ?Estaremos separados? C?mplase siempre la voluntad de Dios, pero si puedo escoger, partir? primero, y entonces comenzar? un nuevo ciclo de esperanza, porque en la eternidad la esperar? con la ilusi?n de escucharla decirme: ?Quieres algo? Esa vez le responder?: S?, quer?a que llegaras porque no he podido dormir desde que part?. Ahora comienza mi verdadero reposo. La gloria eres t?.

Fuente: Espacios digital. No. 4, 2003

Foto: Amor.
Mercedes Vandendorpe
Publicado por buenavistavcuba @ 16:02
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