Por: Marco Antonio Landa

Yo no puedo decir si fue una extraña realidad o un sueño sorprendente. El nivel onírico de nuestra existencia resulta a veces ribeteado de unas orlas tan reales que la línea divisoria entre la realidad sensual y la de los sueños se desdibuja y se pierde entre las sombras de la duda A pesar de todos los trabajos de Freud y sus seguidores para explicar o tratar de desentrañar la esencia de los sueños, estos, en la vida íntima y particular de cada ser humano, adquieren tantas modalidades cambiantes y extrañas, que yo creo que nunca se llegará a una explicación convincente de la naturaleza de ellos. Y mucho menos encontrarle un sentido racional a lo que es en si mismo totalmente irracional. Pero, a veces, los mismos sueños extraños y sorprendentes sobrepasan la medida del adecuado nivel de irracionalidad y nos empujan a la maravillosa creencia de que ambos, sueño y realidad, son, o pueden ser, la misma cosa. O, a veces, realidad y fantasía se confunden provocando en la imaginación una verdadera sensación de realismo mágico.....
Eso fue lo que me ocurrió a mí una noche de luna, de una luna completa y hermosamente redonda, que alumbraba con la clara luz de los cielos tropicales, aquellas calles nunca olvidadas, y muchas veces desiertas, de mi querida Sagua. Es una historia que estaba ya casi olvidada y que cuando venia esporádicamente a la memoria, era rechazada por su aparente inverosimilitud. Además, yo no estaba seguro si iba a ser recibida por mis posibles lectores u oyentes con una media sonrisa de incredulidad, de ironía o de compasión....
Ocurrió hace unos sesenta años, una noche en que yo regresaba a mi casa, al filo de la medianoche. Tire Marti abajo en dirección al puente. Era un camino no muy largo hasta mi casa, en la calle 24 de Febrero. A esa hora todo parecía desierto. La sombra metálica del puente relucía bajo la luz de la luna esplendorosa. A lo lejos, se recortaba la aguja de la Iglesia de los Jesuitas. De vez en cuando, en mi acostumbrada rutina de cada noche, tropezaba con alguien que regresaba, o que, como yo, se encaminaba al barrio San Juan. Esa noche, una noche ligeramente fría de mediados de Enero, nada parecía alterar el silencio. No se escuchaban pasos, ni voz alguna resonaba en la quietud nocturna; sólo una brisa ligera agitaba la venerable Ceiba del Parque Martiano y los árboles que la circundaban.
De repente, al acercarme, mi vista alcanzo a distinguir una sombra blanca que se inclinaba sobre las barandas del puente.... ¿Sueno o realidad?....Una figura de mujer, cuyo cabello largo y revuelto, parecía un halo de misterio circundándole el rostro. Su largo vestido blanco, completamente fuera de moda, fue lo que mas me llamo la atención. Pero fueron impresiones muy fugaces, porque en un abrir y cerrar de ojos, sin que yo pudiera atinar a hacer algo, ni a darme cuenta tan siquiera de lo que estaba pasando, la mujer se subió ágilmente sobre las barras y se lanzo al vacío. Corrí hacia ella, sorprendido y desconcertado. Llegue hasta el punto donde me pareció que había ocurrido el hecho y me asome. Pero todo estaba quieto, con una quietud que se me antojo siniestra. Las oscuras aguas, que se destacaban claramente a la luz de la luna que rielaba en ellas, parecían quietas y mansas, como siempre lo habían sido.
¿Que hacer? Juraba que mis ojos no me habían engañado... ¿O si?...Después me pregunte: “ ¿estoy sonando o estoy despierto?”. En ese momento un hombre se acerco a mí. Parecía que iba en dirección al pueblo o que había estado siempre parado allí mismo. Me pregunto: “¿ocurre algo?”. Con palabras atropelladas trate de explicarle. El sonrió y me dijo: “Cálmese, mi amigo. A veces la luna es traviesa y nos hace ver fantasmas donde no los hay. Una sombra, la sombra de un árbol o un pájaro que la luz de la luna disfraza de algo grande, pero nada real”.
Entonces pude ver bien a quien así hablaba. Era un hombre común y corriente. La estampa de un campesino. Pantalón de dril, guayabera blanca y sombrero de yarey. Hubiera jurado que portaba un machete al cinto y sus polainas estaban manchadas de lodo. Sus largas patillas y un poblado bigote lo hacían aparecer a mis ojos casi como un mambi....Después, nos alejamos el uno del otro y no paso mas nada. Yo no se si el tomo rumbo al pueblo o siguió mi dirección. Simplemente, deje de verlo.
No mencione a nadie el incidente. Temía las burlas de mis amigos. Por otra parte, esperaba que en los próximos días se esparciera por el pueblo la noticia de lo acaecido la noche anterior. Pero paso el tiempo y nada trascendió, nada realmente notable........
Paso algún tiempo, podríamos decir con Zorrilla que “pasó un día y otro día--y un mes y otro mes pasó” pero paso un tiempo sin calculo apreciable. Y entonces me ocurrió algo insólito y desconcertante, que actualizo en mi memoria aquel extraño suceso, o sueno, o lo que fuera. La visión de la blanca figura lanzándose al río ante mis propios ojos tomo cuerpo otra vez en la imaginación, provocando en ella emociones perturbadoras.
Un día, imprecisable, en la Biblioteca Pública del pueblo, tropecé de repente, medio perdido entre otros volúmenes relativos a la historia de Sagua, con un pequeño y casi destruido folleto, publicado en 1897 en una imprenta llamada de los “Hermanos González”, de la calle de La Gloria. Un folleto de pocas páginas, casi todas corroídas por la acción del tiempo, conteniendo datos de nuestro pueblo. Algunas curiosidades, varias noticias de aquellos días, algunas fotos, estadísticas, anuncios, etc. Pero algo me llamo la atención: en la página central aparecía un dibujo de una hermosa mujer vestida de blanco, con el cabello largo y suelto que rodeaba su rostro, prestándole una aureola de irrealidad. Un nombre corriente y al pie una breve nota: “Desaparecida trágicamente la noche del dieciséis de Enero de este ano”. Después, en la página lateral se ampliaban los detalles.
Era una muchacha de familia pobre, que vivía en los alrededores del pueblo, allá por el Camino del Palo de las Tres Cruces, allende la vieja armazón de madera que colgaba entonces sobre nuestro río. Mantenía relaciones amorosas con un insurrecto (así lo llamaba el reporte) que la visitaba regularmente en horas de la noche, cuando todo era quietud en el pueblo y las autoridades españolas descansaban de la rutina de inspección y vigilancia. La noche de su desaparición había recibido a su amante y al parecer habían reñido. El la amenazo y ella huyo de la casa, seguramente atemorizada.
Su cuerpo, envuelto aun en el largo traje blanco que solía usar, fue encontrado flotando en aguas del río, más allá del puente, cuatro días después. Su largo cabello le rodeaba la garganta como un lazo mortal y sus ojos, abiertos aun, parecían llenos de terror. El amante desapareció, pero su cuerpo, colgado de un árbol, fue encontrado también, varios días después, en los alrededores del pueblo. Todavía vestía su pantalón de dril, su guayabera blanca, su sombrero de yarey y el machete colgado a la cintura....
¿Sueno, realidad o fantasía?.., ¿Extrañas sombras de la noche?.., ¿Una mala jugada de la luna?.....
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