Martes, 21 de noviembre de 2006
Por: Marco Antonio Landa.
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Cuenta la historia ---historia y leyenda confluyen en la imaginaci?n formando una hermosa imagen de viejos tiempos idos----; cuenta la historia, repito, que a principios del siglo 17 reinaba en Europa un clima de incomprensible intolerancia religiosa. El hombre nunca ha querido renunciar a sus malos h?bitos: inclinaciones pecaminosas que abarcan un amplio radio de actitudes, desde la lujuria y la avaricia, la soberbia y el orgullo, hasta la falsa pretensi?n de creerse poseedor de la verdad absoluta y el derecho, tambi?n absoluto, de imponer su criterio y su opini?n, en cualquier forma que sea, para sujetar la marcha del tiempo a su entera y f?rrea voluntad.
Fue as?, en virtud de todos esos factores provenientes de lo m?s rec?ndito del coraz?n del hombre, que los peregrinos del ?Mayflower? se enfrentaron a la dolorosa decisi?n de abandonar su patria y enderezar sus caminos en busca de horizontes de libertad. ?Qui?nes ten?an raz?n en aquellos momentos cruciales de la historia ? ?Los que prefer?an dejar atr?s la tierra de sus progenitores, evadiendo la lucha, la ardorosa lucha que significaba oponerse al despotismo, o los que quedaban enraizados en el suelo propio, haciendo frente a todas las contingencias de una vida trenzada en lucha mortal con aquellas duras realidades? La historia se ha repetido tantas veces a lo largo y ancho del planeta y se seguir? repitiendo, creo yo, hasta la consumaci?n de los siglos, que huelga insistir en el tema.
Lo cierto y la ?nica, real y palpitante ocurrencia final provocada por esas circunstancias, fue el arribo de los peregrinos a la tierra que, para ellos era luminoso atisbo de un clima de libertad; de la libertad que ansiaban y parec?an haber encontrado. Si m?s tarde se dejaron llevar por irresistibles tendencias humanas y reprodujeron, con diversas consecuencias, aquello que los empuj? hasta ac?, tampoco es cosa de examinar y enjuiciar ahora. Se establecieron aqu? y aqu? hallaron ocasi?n propicia para adorar a Dios, vivir en libertad y poder saturarse espiritualmente en la contemplaci?n de la magna obra del Creador.
As? las cosas, un d?a decidieron que era hora de dar gracias al Se?or, en plan ordenado y formal, por el gran beneficio que les hab?a concedido. Y se reunieron en torno a la mesa de la cena, rememorando tal vez, los avatares del cruce de otro mar legendario. En cristiana convivencia con los moradores de esta tierra ub?rrima, tomaron los frutos de ella para la gran celebraci?n y comenz? as? la tradici?n, que hoy, al cabo de casi cuatro siglos, respetamos religiosamente.
Nosotros somos, pr?cticamente, reci?n llegados tambi?n. Nuestro ?mayflower? atraves? el mar, no entre olas sino entre nubes, deposit?ndonos gentilmente, en la vor?gine de carros y rascacielos, en esta parte privilegiada de nuestro convulso y siempre sorpresivo planeta. Y ma?ana estaremos sentados en torno a la mesa familiar, musitando una plegaria de acci?n de gracias a Dios por todos los beneficios recibidos de El, a lo largo del a?o. Con una recogida mirada interior, revisaremos la historia de nuestra propia vida, semejante a tantas otras que a nuestro alrededor se tejen y destejen cada d?a: madejas de ilusiones, de sue?os, de aspiraciones, de amores y pesares, fracasos y derrotas; historias, en fin, que el buen Dios contempla desde lo alto con miradas de respeto, bondad y misericordia.
Pero ser? conveniente, para dejar fijada la resultante de todas nuestras meditaciones, mirar m?s profundamente al interior de nosotros mismos y examinarnos para saber si efectivamente nuestras oraciones son sinceras. Recordemos que ?la oraci?n es elevar el coraz?n a Dios?. Y Dios que lee en los corazones sabr? discernir la pureza de nuestra oraci?n.
La oraci?n de ?acci?n de gracias? no puede estar reducida a una reuni?n familiar un d?a del a?o, para comer, re?r y comunicarnos mutuamente nuestros sentimientos. Si se hace con esp?ritu cristiano, no es despreciable la ocasi?n, pero si el resto del a?o lo dejamos transcurrir sin que la familia se re?na con frecuencia; sin levantar los ojos al cielo y dar gracias cada d?a, cada momento y en cada ocasi?n, por el bien imponderable de la vida, del amor, de la amistad compartidas; si no aprovechamos adecuadamente ese caudal hermoso de poder contemplar cada d?a c?mo el sol alumbra e ilumina nuestro camino y nuestras actividades y c?mo la bondad infinita de Dios nos permite disfrutar de esa y otras tantas maravillas de la Creaci?n, sin darle gracias por su bondad y su paciencia con nuestras faltas y nuestros olvidos, entonces ?de qu? nos ha de servir el que un d?a al a?o nos acordemos de hacerlo? Si no tratamos de compartir con nuestros semejantes, despojados de ego?smos y pasiones inconfesables, toda la ?fortuna? que significa para nosotros el amor de Dios, bienes materiales y espirituales, entonces andamos por caminos tortuosos: hemos abandonado el justo sendero que har? eficaces y agradables a Dios, nuestras oraciones de ?acci?n de gracias?.
Esa es la esencia del esp?ritu cristiano que nos animar? en la vida para comprender a Dios, para estimar en su justo valor el maravilloso tesoro de nuestra existencia; es lo que nos permitir? pavimentar el camino de nuestra vida con el amor, la caridad y la comprensi?n compartidos con nuestros semejantes. Entonces cada d?a del a?o ser? una magn?fica fiesta del coraz?n: la fiesta del amor de Dios convertida en un himno permanente de ?acci?n de gracias?.
Publicado por buenavistavcuba @ 18:54
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