La canción
La Macorina que interpreta actualmente Chavela Vargas lo único que conserva de la que cantaba Abelardo Barroso es ese inquietante estribillo:
“Ponme la mano aquí, Macorina’. La música es de la propia Chavela y la letra de Alfonso Carmín (1890-1982), un asturiano que llegó a La Habana con quince años y que después de sobrevivir gracias a múltiples y variados empleos (desde mache-tero hasta dependiente y vendedor) llegó a ser redactor del Diario de la Marina, periódico que incluso lo envió como reportero de guerra a Europa cuando la Primera Guerra Mundial.
Fue un prolífico autor de agitada vida que publicó muchas obras pero completamente ignorado por los escritores cubanos. A mediados de los años cincuenta se marchó definitivamente a México. Pero Alfonso Carmín no ha pasado a la posteridad por sus numerosas obras sino por la letra de La Macorina:
Ponme la mano aquí, Macorina, ponme la mano aquí.
Tus pies dejaban la estera y se escapaba tu saya
buscando la guardarraya que al ver tu talle tan fino
las cañas azucareras se echaban por el camino
para que tú las molieras como si fueras molino.
Tus senos, carne de anón, tu boca una bendición de guanábana madura
y era tu fina cintura la misma de aquel danzón caliente de aquel danzón.
Después el amanecer que de mis brazos te lleva,
y yo sin saber qué hacer de aquel olor a mujer, a mango y a caña nueva
con que me llenaste al son caliente de aquel danzón.
Es la apoteosis metafórica de la mujer y los frutos cubanos, resultado poético que en la voz de Chavela Vargas se vuelve perturbadoramente erótico. No conozco ninguna canción cubana que exprese tal grado de sensualidad, una sensualidad que puede tocarse, olerse, saborearse, y que se vuelve más inmediata cuando se le agrega el estribillo de
“Ponme la mano aquí”, que puede referirse tanto al corazón del amante como a donde el oyente quiera imaginar. Y lo sorprendente es que hayan sido dos extranjeros -una mexicana y un asturiano quienes inmortalizaron a la Macorina, el escándalo de La Habana.