Por: Jorge Olivera Castillo.*
LA HABANA, Cuba, septiembre 2006 - Tenía unos muebles envidiables. El sofá era una pieza casi providencial. Allí se olvidaban las fatigas y las molestias óseas nada más dejarse caer sobre la superficie acolchonada.
El par de butacas también provenían del extranjero. "Son de donación", le dijo un funcionario adivinando el asombro en el rostro de los destinatarios.
Fueron las últimas entregas gratuitas. Ya los cuartos albergaban sendas camas imperiales flanqueadas por un par de mesitas que servían de pedestal a unas pequeñas lámparas.
En la sala, televisor Sony con pantalla de 24 pulgadas, equipo de audio Sharp y hasta un DVD sin estrenar. Suspendido en el techo, un artefacto erizado de bombillas fluorescentes y cuatro aspas que repartían aires a granel.
La cocina marca Vince de cuatro hornillas en el fondo. Cacerolas, cubiertos y tazas, a un costado. Todo reluciente y con olor a nuevo. Las paredes pintadas de azul claro y las puertas de blanco. El cielo y las nubes ahí dentro. La magia de la naturaleza levitando en el espacio de un apartamento sin los tonos grises de la pobreza.
Por fin algo donde vivir decentemente. Un local inmune a los derrumbes, sin parches, ni muletas.La familia a salvo de las goteras, de las depresiones y de los techos imitando el filo de la espada de Damocles.
Lamé a Patria, pero estaba abstraída en sus pensamientos. Quizás hacía planes para retocar la ambientación del inmueble. Ese que cobra vigencia en el centro de sus esperanzas.
Noté que su delgadez era más pronunciada. No pude verle el rostro de cerca, sin embargo presumí que su tristeza tenía similitudes con una foto fija.
Su casa se vino abajo con el último ciclón. Las lluvias le dieron el tiro de gracia a la cubierta. Un gran orificio quedó en las alturas como una ventana natural de donde divisar el Sol y la Luna y por supuesto el aura de la fatalidad y las auras tiñosas.
Hace meses aguarda por la suerte que no llega. Las soluciones vienen en sendas teorías que emulan con los monólogos Shakesperianos. Excelente arte, pero solo eso. En la concreta , nada.
Mientras tanto ella pernocta con su hijo en la habitación de una vecina. Otra familia de las miles que sobreviven en albergues o en otros sitios ajenos a su voluntad.
Patria, así se llama la joven de tez negra que conocí hace un tiempo. La misma que se cobija, a menudo, en la lujosa residencia. Observa, repasa el mobiliario en silencio, sus pertenencias liberadas del deterioro. La certeza de que un derrumbe no es posible.
Aquella vez que la ví, iba lejos, lejos de la realidad, lejos de su miseria endémica. A años luz de esa Habana Vieja que absorbió su niñez y que ahora muele su juventud.
Patria no escuchó mi llamado porque se disponía a entrar al mundo íntimo de sus anhelos, de sus sueños, donde único ella puede elegir libremente.
Tenía la llave en la cerradura y la mente en aquel hogar, dulce hogar.
* Periodista independiente cubano. Radicado en Ciudad de la Habana. ( Foto del autor con su esposa )