sábado, 25 de marzo de 2006
¿Por que se da vida al hombre de ánimo amargado que no sabe por donde ha de ir?

Por: Eloy Arnaldo González. *

eloy_gnzlz@yahoo.com

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No se porque me aferro a evocaciones tan distantes, ahora que me encuentro sin alivio y ya agotadas las fuerzas. Tal vez quiero referirme a aquél que nada tuvo y caminó por la vida desandando los días como sombras que se perdían. Es que ahora me toca poder interpretar la soledad de un hombre que como pájaro solitario separado de un bando de aves, se mantenía posado sobre el tejado en ruinas de la alta casa de madera que formaba la cercana cuartería.

Ese fue, mi tío Nato, que bien se llamaba, Donato González Oliveras, hermano de mi querida madre, al que vi desde niño y hasta el momento en que encontró descanso, por fin, en las resecas tierras del camposanto de mi pueblo.

¿Por que se da vida al hombre de ánimo amargado que no sabe por donde ha de ir? Ese fue Nato, pero parece que para él no todo fue el andar trabajoso de un hombre que parecía herido y con un corazón seco como la hierba en prolongada sequía.

Tal vez de joven tanto como le sorprendió la enfermedad, de la cual se recuperó no sin antes dejarle un amargo recuerdo de debilidad y temprana vulnerabilidad, como también sin duda le asistió el amor. Como mi madre, alcanzó una parte de la ya dilapidada fortuna de mi abuelo, y tal vez esto le permitió no llevar una vida licenciosa pero si alcanzar a cubrir las necesidades apremiantes e inmediatas de su joven y bella esposa y de sus pequeños hijos, al menos por un tiempo.
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Quebrado el hogar y roto el amor, viviendo en un bohío y andando por los caminos del juego y las pelas de gallos, fue que alcanzó a ver un futuro de desesperanza, desánimo y grises premoniciones. Su joven esposa tomó a los cuatro hijos y andando por el blanco terraplén llegaron a lo que creyó era una tierra de promisión donde podría cuidar y ver crecer a sus cuatros hijos; alejándolos de esta forma de una segura vida de pobreza extrema. Mi tío Nato quedo sólo, como esos hombres que caminan sin sombra.

Después que su esposa juzgó prudente el ir a vivir al vecino poblado de Placetas, allá en el centro de la Isla, acompañada de sus tres pequeños hijos y un hija que era la mayor en edad, mi tío Nato asumió una vida gris y sin apego alguno a motivación , dedicación u oficio. No se veía nunca sufriendo en soledad ni le oí queja alguna..

Su rostro, como amarillento pergamino con pómulos pronunciados y ojos achinados; de su boca nunca vi asomarse una sonrisa o mueca de desdicha. Su andar desgarbado y aspecto siempre apagado, como si la aflicción saliera de su natural ser. Nunca consiguió ni la altura de los humildes, parecía como que andaba a tientas como de noche. Ese era ni tío Nato.

Una rara habilidad éste tenia, la de ver topar a los gallos de pelea, casi siempre probando a uno de ellos para llevarlo a pelear a las vallas cercanas. Allí se mostraba el experto que era; puestos ambos gallos sobre el aserrín del vallin y cuando en rápida y frenética pelea estos se lanzaban algunos espuelazos, Nato se agachaba con aquella manera peculiar en que lo hacia y observaba apenas un par de minutos, se levantaba lentamente e iba hacia el dueño del gallo, había una sensación de suspenso en el ambiente. “Ese gallo no sirve” sentenciaba, para dar media vuelta y salir andando. Nunca se equivocaba.

Decían los entendidos que Nato era el que más sabia de gallos de pelea en todo el centro de la Isla, en muchas ocasiones oí esa opinión de galleros que eran toda una autoridad en tal materia. Sin embargo, nunca vi a Nato sentado en el banco del parque del pueblo, reservado para los galleros, ni en alguno de los autos que llevaban a los galleros a los poblados cercanos para asistir a las lidias de gallos en días de domingos.
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En el hambre parecía salvarse de la muerte, con la que andaba. Más que hambre comía con voraz apetencia, en nada despreciable. Mi madre le servia la comidas con la puntualidad requerida, nunca protestaba y comía como un bendito. Disfrutaba por igual de la humeante tacita de café y el cigarrillo de tabaco negro que se consumida lentamente entre sus labios pálidos y marchitos . Además de experto gallero, tragaldabas.

Nunca lo vi en felonías, iniquidad o enojos. No anduvo en los caminos de los impíos, ni palabra sucia le oí pronunciar. A pesar de su actitud de social enajenación y aislamiento, se mostraba amable y respetuosos con todos. Sólo una vez en la vida probó a trabajar y lo hizo por breve tiempo rozando la excelencia, en lo poco que había de hacer.

Nacido para la aflicción, lo único que le sucedió de trascendente fue la enfermedad que le sorprendió un día, alcanzándole en agudeza tal, que viajó tal vez por primera vez a la capital de provincia donde fue operado de urgencia. Se acercó a la muerte pero se parecía tanto a ella que ésta le rechazó, aunque fue sólo por un tiempo.

Volvió a andar por las calles sin levantar la mirada, bebiendo aquí y allá una taza de café y viendo pasar los días unos tras otros; oyendo por momentos y viendo en ocasiones algunos de sus hijos, pero sin llegar nunca a visitarlos o a sonreírles a sus nietos que ya por aquellos tiempos eran varios. Acostumbrado a las visiones nocturnas, no logró imaginar ni por un momento, que podía algún día mirar con alegría a alguno de sus nietos.

Cuando llega la noche y el sueño cae sobre los hombres, se acostaba en su camastro allí en su cuarto al fondo de la antigua panadería, sin que le acompañara espantos algunos o temblores de medianoche. Desconocía el sobresalto así como el insomnio vespertino. Tal vez los fantasmas huían de él .

Un día como cualquiera, encontró descanso, siendo su vida como fue asaltada con dolores de existencia y sin dar tregua, el paso a la muerte se le hizo fácil. Sus días llegaron al fin sin esperanzas y su alma hasta el último hálito fue acompañada siempre de una amargura no expresada.

Un día cuando no se notaba su presencia, pregunté por él en uno de mis viajes, y me dijeron que había muerto, que no me avisaron porque yo estaría muy ocupado. No quise contender, pero preguntó, ¿cómo fue ese encuentro con la muerte, cuando anduvo con ella en cada paso? ¿No hubiera sido mejor que pasara del vientre a la sepultura?.

Aprecié de mi tío Nato, su nobleza, esa que acompaña a los pobres de espíritu; su permanente falta de aliento para llevar una vida que aceptaba; tratando el destino de forma infructuosa de acortar los días de esa vida que superó el tiempo de muchos.

Admiro de él, el aceptar sin reparos y sin prisas que le fuera puesta la noche por día, y aún así no aminoró sus pasos hasta la muerte.
© 2006

* Physician and Freelancer Writer. E-mail: eloy_gnzlz@yahoo.com
Artículo publicado en el Periódico: Panorama de Fort Worth, TX, febrero 2006
Publicado por Desconocido @ 7:40
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