domingo, 05 de febrero de 2006
“perduraran más allá de nuestro olvido / no sabrán nunca que nos hemos ido”
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Por: Marco Antonio Landa.

Nuestras casas son así. El sol se filtra a raudales por todas sus ventanas, a través de las persianas, por entre los visillos de las cortinas. Ilumina primero, calienta después, alegra siempre. Nuestras casas son así¬ de hermosas, porque aparecen ornadas de rayos de sol. El aire mueve las cortinas de nuestras casas, las agita y les presta un gracioso y ondulante movimiento. Las cortinas que adornan nuestras casas muestran una infinita variedad de colores que alegran la vista. Pero predomina el verde que atenaza la reverberación del ardoroso sol tropical.
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La claridad del sol se refleja también en los pisos de nuestras casas, en los mosaicos de formas caprichosas, que brillan y rebrillan cuando se les da lustre. Yo creo que en casi todos los pueblos de Cuba había una fabrica de mosaicos y el esmero que se ponía en seleccionarlos para una casa nueva era como un símbolo del cariño que iba poniéndose en la construcción. Y hasta cuando en su colocación se alteraba la simetría dispuesta de antemano, el error servi¬a para fijarnos mejor en ellos, para hilvanar un comentario, para elogiar su belleza. Otros pisos eran de granito, que se pulían una y otra vez, hasta dejarlo reluciente. El granito prestaba a las casas un aire de aristocrática importancia, pero los mosaicos, con sus caprichosas combinaciones y atractiva policromía, ponían una nota distinta en el conjunto. El granito es monótono, más uniforme, menos imaginativo. Los mosaicos nos servían hasta para entretenernos con sus contrastes en las salas de espera o en los momentos neutros del descanso.
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No necesitaban alfombras los pisos de nuestras casas. De cubrirlos con ellas, hubiéramos procurado que no fueran unas alfombras oscuras, verdes o azules. Son demasiado serias las alfombras de esos colores y hubieran opacado la luz brillante del sol que ilumina nuestras casas. Además, el mosaico proporciona frescura y neutraliza el ardor canicular.

No necesitan tampoco nuestras casas mantener prendidas durante todo el día las luces artificiales. Se abren las ventanas y eso es suficiente. Entonces nos sobra luz para leer, para escribir, para trabajar, para vivir...
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Nuestras casas tienen las habitaciones amplias y los muebles, ocupan en ellas lugar preponderante, pues parecen adquirir cierta especial personalidad que despierta la admiración. Y desde lo alto, la placa del techo o las vigas del viejo encofrado, que parecen mirar hacia abajo con orgulloso desden, se muestran envanecidas de sostener con su firmeza las fabulosas arañas que tintinean con deliciosa sonoridad cuando el viento pasa a través de sus lagrimas.

Nuestras casas suelen tener, a veces, amplios balcones, refugios amables, cuando en horas del descanso nos asalta el deseo o la necesidad de contemplar la calle o embriagarnos con el bullicio alegre del ir y venir de las gentes, ora con prisa, ora sin ella.

Además, en los balcones podemos colocar nuestras flores hogareñas para que se saturen de sol, de luz, de calor; para que el aire las alimente y ellas le paguen generosamente, embalsamando el ambiente con su grato aroma. No se limitan nuestras flores a vivir en el interior de la casa, pueden también asomarse a la calle y darse enteras en armonía de luz, de color, de perfume.
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Nuestras casas tienen hermosos patios: patios anchurosos, donde se descansa a la sombra de un alero y se oye correr el agua de una pequeña fuente o el rumor secreto de un aljibe o se contempla con éxtasis un bello cantero de rosas rojas o blancas. ! Cómo se recuerdan aquellas rosas rojas, “émulas de la llama”, que son como un silvestre estallido de luz y color en el florecimiento de la mañana!... Por todas esas cosas, simples : por los mosaicos caprichosos, por las ventanas abiertas al abrazo purísimo del sol y la amistad; por los techos altivos y orgullosos; por los balcones amplios y los patios pletóricos de espacio, llenos de flores: por todas esas cosas son hermosas nuestras casas.

Y hasta cuando las sombras de la tarde que cae van apoderándose, poco a poco, de la escena , se siente frescura y descanso tras la faena cotidiana. Tal y como lo hace la propia naturaleza humana, que cede fuerzas ante el avance incontenible del tiempo y se repliega, lentamente, hasta fundirse en la sombra total que es luz y descanso a la vez...
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Un día tuvimos que decir adiós a nuestras casas, a nuestras flores, a nuestros muebles, a los mosaicos, a los techos, al aire, al sol, a todas esas cosas que, según el poeta “perduraran más allá de nuestro olvido / no sabrán nunca que nos hemos ido”. Apretamos el paso sin mirar atrás, con temor de convertirnos en estatuas de sal.....Ahora, adoloridos por aquella huida, con lagrimas en el corazón, aunque los ojos se sientan secos y resecos a fuerza de otear horizontes sin vislumbres de claridad y con nuestra vista fija en sombras extrañas, no podemos evitar la nostálgica evocación....
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Allá permanecen nuestro espíritu y nuestras casas, donde en cada rincón se esconde una tristeza o una alegría...Seguimos contemplando el sol que alegra, dejándonos arrebatar por el aire que refresca y recordando mentalmente los arabescos de los pisos cubiertos por los hermosos mosaicos de nuestras fábricas locales; de nuestras casas de Cuba...Pero es posible que con estos pensamientos evocadores, tal vez nos estemos despidiendo de todo eso para siempre...

30 de enero de 2006
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Publicado por buenavistavcuba @ 22:23
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