Domingo, 09 de octubre de 2005
Por: Bonifacio Byrne

"La contemplaci?n de una flor, de una gota de roc?o, o el eco de una m?sica lejana y acariciadora; bastan para que en nuestro cerebro se alce la imagen de la Patria y para que le dediquemos a cualquier hora y en cualquier momento doloroso un suspiro, una oraci?n sentida y una l?grima inefable""
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Cuando nos encontramos distante de la tierra donde se meci? nuestra cuna, cualquier hecho simpl?simo, cualquier sencilla circunstancia, cualquier imprevisto incidente que nos la recuerda, nos produce intensa emoci?n y profund?sima tristeza. Un nombre, que se pronuncia a nuestra espalda haci?ndonos volver la cabeza como impulsados por un resorte; una nube errando en el espacio, llevando en su borde los postreros reflejos del sol moribundo; cualquier fragmento de ese cuadro infinito y portentoso que se llama Naturaleza y es obra de la mano de Dios; la p?gina de un libro; un retrato, expuesto en una galer?a fotogr?fica; una sonrisa, apenas entrevista, pero que nos trae a la memoria los rasgos fison?micos de una persona ilustrada; la vibraci?n sonora de una campana, saludando a las tinieblas; la contemplaci?n de una flor, de una gota de roc?o, o el eco de una m?sica lejana y acariciadora; bastan para que en nuestro cerebro se alce la imagen de la Patria y para que le dediquemos a cualquier hora y en cualquier momento doloroso un suspiro, una oraci?n sentida y una l?grima inefable.
No debe, pues, extra?ar a nadie, en vista de las razones expuestas, lo que le aconteci? al ilustre cubano Pedro Santacilia, cierto d?a en cierta casa de una distinguida familia cubana, residente en New York.
Era a ra?z del grito de Yara, el a?o 1868. En esa ?poca la colonia cubana en los Estados Unidos no era tan numerosa como lo fue luego, cuando el ?xodo criollo lleg? a adquirir proporciones verdaderamente colosales.
Santacilia marchaba distra?do, recordando acaso los famosos versos de la vibrante y patri?tica silva con que hubo de responder a una poes?a del poeta dram?tico Campoamor, en que se alud?a a Cuba, cuando he aqu? que a los o?dos del pobre desterrado llegan los ecos de una danza cubana.
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Foto de Pedro Santicilia.

?De d?nde proced?a aquella m?sica, en cuyas notas parec?a sollozar el alma de Cuba, oprimida bajo la f?rrea mano de sus insufribles d?spotas?
Alz? la vista entonces y al ver el sitio de donde se escapaban aquellas sentidas notas, a ?l se dirigi? sin vacilaci?n alguna, como se dirige el p?jaro errabundo al ?rbol donde encuentra de nuevo el nido que en sus ramas abandonara, huyendo del furor de la tormenta.
Encontr? entornada la puerta de la calle; entr? sin llamar; subi? la escalera que se present? a su vista, y a los pocos momentos penetraba en un elegante gabinete, donde, sentada ante un piano, ve?ase una encantadora joven, hija de Cuba, y a su alrededor otras bellas se?oritas, compatriotas suyas.
Ninguna se apercibi? de la llegada de Santacilia, porque el ruido de los pasos de este era amortiguado por una tupida y gruesa alfombra extendida sobre el pavimento. La danza continu? cada vez m?s triste, cada vez m?s dulce, cada vez m?s sentida. La gentil pianista no solo conoc?a la dif?cil t?cnica del sonoro instrumento que tocaba, sino que complaci?ndose en ello, pon?a toda su alma de artista en la interpretaci?n de aquella danza criolla, donde se o?a el rumor apacible de la brisa entre las pencas de las palmas, la voz armoniosa del sinsonte, cantando en la rama vibrante de un cedro centenario, los ecos del tiple vibrando en las puertas del r?stico boh?o, el acento cari?oso de los amigos de la escuela junto con las quejas de la patria, los ap?strofes de los guerreros que combat?an en la ?manigua?, los sollozos del hogar paterno y las lamentaciones de los que, besando mentalmente su bandera, eran fusilados, en el recinto de las ciudades o ca?an v?ctimas del clima insalubre, en los tenebrosos presidios sostenidos por Espa?a en sus inhospitalarias posesiones africanas.
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Foto de Bonifacio Byrne.
Cuando al cesar la maravillosa danza, aquella genial artista y sus compa?eras fijaron sus ojos asombrados en el rostro de Pedro Santacilia, qued?ronse silenciosas como si estuvieran contemplando el paso de un entierro. El piano hab?a enmudecido y a?n permanec?a el infeliz emigrado sumido en religioso ?xtasis, como si se hallara arrodillado en las gradas de un altar, lleno de rosas, de cirios encendidos y de ?cant?os? celestes...
Ellas no le preguntaron nada, ni le dijeron en aquel momento palabra alguna; pero al ver la faz del compatriota proscrito, nublada por un raudal de l?grimas, no pudieron contenerse, la pianista se ech? a llorar, ocultando su bello rostro entre las manos.
?A qu? preguntarle, a qu? someterlo a una interrogaci?n enojosa si lo hab?an comprendido todo?
Publicado por buenavistavcuba @ 20:15
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